lunes, 10 de diciembre de 2012
martes, 5 de junio de 2012
HOLA
UNIDOS POR EL BALONCESTO
Era muy alta y delgada. Se movía de una forma diferente al resto de las chicas que estaban a su lado. Su forma de jugar era elegante y fina, lo hacía todo perfecto, o casi todo. Su dominio de bote era impecable y sin pensárselo desde la linea de triple, lanzaba y... ¡dentro!. ¡Qué canaston! La llevaba siguiendo varios partidos, hacia unas semanas que iba siempre a verla, pues me había enamorado de su forma de jugar. Ya sabía quién era su familia, pero normalmente sólo iba la madre a verla; su padre, muy pocas veces. Le expliqué a mis compañeros que había visto jugar a una chica de unos quince años, y que era increíble. “Tenéis que ir a verla”.
Y así fue. Fuimos todos a verla. Durante el partido, mis compañeros iban diciéndome lo que pensaban de aquella chica. Cuando se terminó el partido, nos fuimos muy rápido, ya que nuestra faena es ir a mirar los partidos y seleccionar jóvenes talentos. Y si pasamos desapercibidos, mejor.
Durante una semana estuvimos decidiendo si valía la pena que aquella chica formara parte del equipo que queríamos construir con las mejores chicas de España. Nos costó mucho tomar la decisión ya que no todos coincidíamos. Sólo uno pensaba de la misma forma que yo. Se llamaba Juan. Éramos muy amigos, y siempre me apoyaba en mis decisiones. Al final, nos pusimos de acuerdo: conseguí lo que quería, que aquella chica formara parte de nuestro equipo. Y decidimos ir a decírselo. Esta vez les pedí que me dejaran ir a mí solo. Tan pronto se terminó el partido, fui a hablar con la chica. Era la primera vez que me ponía nervioso para hablar de este tema, y eso me extrañó ya que nunca me había pasado.
Faltaban pocos días para reunir a todas las chicas seleccionadas, pero antes de todo decidí quedar con la chica, para saber más cosas de ella. La llame y me contestó a la primera, otra vez me puse nervioso al hablar con ella, esta vez si que ya no le deje pasar y me vinieron pensamientos muy extraños en mi cabeza. Fue en esta ocasión cuando le di la noticia que ella seguramente deseaba oír: “ Vas a formar parte del equipo español con las mejores jugadoras de baloncesto del país. “ Como toda respuesta, se puso a llorar de alegría y me abrazó. A pesar de las ganas que tenía yo de abrazarla también, no pude evitar sentirme un poco incómodo ya que esto no me había ocurrido nunca desde que era seleccionador y no sabía hasta que punto podía ser bueno tener una relación tan buena con una de las jugadoras. Conversamos un largo rato sobre cosas del campeonato, de los equipos a los que se enfrentaría el conjunto español y en general sobre baloncesto. Me explicó que hacía baloncesto desde hacía nueve años, es decir, desde que tenía seis. No se lo dije, pero me quedé sorprendido al ver que no había sido seleccionada nunca antes. El rato pasó muy rápidamente y al final me dijo que debía irse a entrenar. Yo también tenia tareas por hacer así que nos despedimos. La observé alejarse con paso firme y decidido, su constitución atlética y a la vez muy femenina me fascinaba. La volvería a ver el próximo sábado en los entrenamientos para preparar el campeonato. Y al pensar esto me enfadé conmigo mismo porque no entendía lo que me estaba ocurriendo con esta muchacha llamada Clara. Sabía que podía enamorarme su forma de jugar, pero no su personalidad y en este momento me estaba dando cuenta de que la muchacha me gustaba. A pesar de la diferencia en edad que nos separaba, diez años, sabía que me estaba enamorando de ella. Por un momento me arrepentí de haberla incluido en el equipo, pero luego me dije que podía hacer un esfuerzo por ocultar mis sentimientos.
Llegó el día del entrenamiento, el sábado 22 de marzo. Me prometí no prestarle más atención a ella que a las demás y, sobre todo, debía intentar ocultar mis sentimientos a mis compañeros, ya que podía tener problemas si alguno de ellos llegara a saber lo que sentía por ella. Le corregí algunos de sus movimientos como a todas las demás, pero el cruce de miradas que se produjo entre nosotros me hizo ponerme rojo y a ella también. Cuanto más la veía jugar, más me gustaba. Aun así, me vi obligado a rectificarle todo lo que hacía y a veces de una manera demasiado brusca para ocultar todo aquel sentimiento que estaba creciendo dentro de mí. Pero ella cada vez lo hacía mejor y no tenía sentido corregir nada de lo que hacía. Me arrepentí de haberla tratado mal sólo para disimular lo que pensaba y sentía en realidad. Incluso pensé en hablar con ella otra vez, pero no lo hice por miedo a empeorar más las cosas, ya estaba todo bastante tenso. Estaba seguro de que yo a ella también le gustaba y no podía arriesgarme a poner en peligro el futuro de su carrera profesional como jugadora ni mi reputación como seleccionador de la selección española.
Pero no lo conseguí. Mis instintos superaron a mi voluntad. Faltaban sólo dos días para el campeonato y no habíamos vuelto a hablar a solas desde el día de la cafetería. Nos cruzamos por el pasillo y nos aguantamos la mirada hasta que no pude más. La cogí por la cintura y empujé con delicadeza su cuerpo contra la pared y la besé. Me sorprendí otra vez y me arrepentí enseguida. Ella salió corriendo, no sé si un poco asustada o solo para que no nos viera nadie. Me odié y, por un instante, quería no volver a verla nunca más. Quedaba lo más importante de los entrenamientos y quedaba el campeonato que se tenía que ganar. Me preocupé muchisimo por cómo podía aquel beso influir en todo lo que iba a suceder durante los próximos días.
Durante el entreno de aquel día no la miré a los ojos por miedo de encontrarme con algo que no me gustara. Pero creí notar que ella sí me buscaba con la mirada y quería mis consejos de entrenador. Lo peor fue que yo no pude hacerlo y no estuve por ella para nada durante aquellas dos horas. No sé si nadie lo notó, pero si lo hicieron, no me dijeron nada.
Por fin llegó el día del campeonato y yo estaba muy nervioso. Clara también lo estaba porque su cara estaba pálida. Le pregunté tímidamente si se encontraba bien y sin mirarme me dijo que si. Esto me inquietó aun más y realmente tuve ganas de que terminara todo y no verla más porque mis sentimientos hacia Clara eran cada vez más intensos. Debía esperar a que terminara el campeonato para decirle que no podíamos estar juntos debido a todo lo que nos rodeaba. Pero en aquel momento lo más importante era ganar el partido.
Clara y las otras once jugadoras lucharon durante todo el partido, pero siempre muy igualado el marcador. Clara no destacó como ella solía hacer y empecé a sentirme muy culpable. Incluso estaba seguro de que perderíamos el campeonato. Y si lo perdíamos era por mi culpa. Quedaban dos minutos para finalizar y perdíamos de cinco. Debíamos anotar rápido sino el partido se nos escapaba de las manos. Pero no, en lugar de anotar nosotros, el conjunto español, anotaron las rusas. Íbamos siete abajo. Pedí tiempo muerto, y cuando se dirigían las cinco hacia la cancha cogí a Clara del brazo y le dije: “Juega como tú sabes y olvídate de todo lo demás”. Me sonrió y funcionó.
Nada más salir, Clara encestó de la línea de triple dos veces seguidas. Sólo necesitábamos un punto para empatar y dos para ganar, así que volví a pedir tiempo muerto y preparé una jugada para que finalizara con canasta de Clara desde dentro de la botella. Lamentablemente, la bola no cruzó la red, pero el árbrito pitó falta, eran dos tiros libres para Clara. El público estaba en un silencio que daba miedo, y ganar o no el campeonato dependía nada más que de ella. Los nervios y la presión son inexplicables en momentos como este, pero es ahí donde se encuentra la magia del baloncesto. Metió los dos, no le tembló el pulso. Habíamos ganada el partido y yo había ganado también el amor de Clara. No dudé en salir al medio de la pista y abrazarla, ahora ya sin ningún tipo de reparo sobre lo que dijeran o pensaran los demás. Y lo que en un principio parecía un amor prohibido e imposible terminó en una pareja unida por el baloncesto que continuarían su vida juntos alrededor de este maravilloso deporte.
lunes, 21 de mayo de 2012
miércoles, 16 de mayo de 2012
miércoles, 7 de marzo de 2012
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